











Una vez me contó mi amiga Sandy que fue a ver Life acuatic de Wes Anderson con su compañero sentimental, una amiga y el nuevo novio de su amiga. Al salir, la reciente pareja de su amiga impregnó algunas palabras con su aliento a palomitas. Parece ser que dijo que la película del de Texas le había parecido un chascarrillo, una chanza, una tomadura de pelo. Mi amiga entonces no dijo nada, se limitó a apurar el refresco carbonatado y bajo en calorías de su vaso de cartón. Pero tiempo después me vaticinó que aquella pareja iba a durar lo mismo que una tormenta de agosto.
Y entiendo su pronóstico. Porque tuvo en consideración a su amiga y porque diagnosticó en aquel tipo algo más que una evidente carencia en su sentido del humor: su insensibilidad. Y es que Wesley Wales Anderson hace películas que ayudan al espectador a ser mejor persona. Cualquier discurso narrativo que tenga como objetivo hacer humanos más sensibles debería de reconocerse. Y más si esas cintas están bien contadas, son divertidas, tristes, creativas, están llenas de color y de buena música. Eso, convendrán conmigo, no es fácil encontrarlo.
Nuestro amigo Wes es un tipo peculiar al que le gusta el cine. En él vierte su universo particular protagonizado por perdedores entrañables que buscan su lugar en el mundo, es decir, cuenta la vida de la mayoría de nosotros. Por eso resulta tan accesible. Aborda las relaciones entre semejantes y consigue que a los personajes que han nacido de la tinta negra de su bolígrafo les crezca el pelo o les fluya la sangre roja por las venas azules. Porque les conocemos su condición imperfecta, les seguimos en su búsqueda y al final les sorprendemos en su catarsis, que si bien siempre se muestra agridulce, al menos, es real. Tras el The End de cada peli de Anderson uno tiene la impresión de tener nuevos colegas a los que poder invitar a un trago.
Sus películas tienen en común el optimismo macilento del tiempo contemporáneo: un coctel de comedia mezclado con austera melancolía. Sus guiones enseñan el sinsentido de la existencia, el costoso trabajo de buscar la felicidad, las informes relaciones humanas. Y para ello recurre a la raíz social en plena descomposición: el núcleo familiar, la amistad, la pareja. En sus historias también se percibe cierta indagación en lo femenino. Anderson rasca sin encontrar el delicioso misterio que esconden las mujeres. Todas sus féminas aparecen como más nos gustan: inteligentes, inalcanzables, ausentes, portadoras de un secreto que los hombres jamás comprenderemos.
Wes se rodea de sus amigos para hacer el trabajo y eso se nota. Los hermanos Wilson son un buen ejemplo. No sólo comparten sextetos de cerveza o le prestan sus ocurrencias para redactar los guiones, también le ponen cara a algunos de sus personajes. Y en sus películas sale Bill Murray, un tipo capaz de contar una historia con el arqueo de su ceja. Y también suele contratar a la inigualable Angelica Huston, cuya mirada negra puede tiznar el corazón más exigente.
En resumen, que recomendamos el trabajo del señor Anderson para pasar una bonita velada. Bottle Rocket, Los Tenenbaums, Academia Rushmore, Life acuatic, Hotel Chevalier o Viaje a Darjeeling deberían de venderse en farmacias. En serio. Hagan la prueba de mi amiga Sandy. Si sospechan que alguien no es de fiar siéntenle en un sillón y denle al play cuando ruede algo de Wes Anderson en el aparato reproductor. Por su reacción sabrán. Si es capaz de conmoverse es que es digno de engullir una ración de pizza a su lado. Si bosteza, va a calentar palomitas a la cocina en plena proyección o pregunta cuánto dura la película, pasen de él (o de ella). Está claro que es de cartón piedra.
William T. Coyote
jueves, junio 11
La prueba de Sandy
Publicado por
Tok
en
10:51 p. m.
|
Etiquetas: bill murray, cate blanchett, coyote, guillermo t. coyote, luke wilson, owen wilson, wes anderson, william t. coyote
lunes, diciembre 8
Actuar: el nuevo arte esteticien
Al hombre contemporáneo le interesa él mismo, y a veces, lo que podría ser. De ahí su afición al cine, donde se le proponen muchos destinos cuyas consecuencias recibe sin sufrir magulladuras ni esguinces. El actor dispone, como mucho, de dos horas y media para nacer, sufrir o morir sobre el celuloide. Su arte es fingir. Su reto es interiorizarlo y hacerlo creíble. Sin embargo, de un tiempo a esta parte no sabría decir por qué motivo los actores resultan cada vez más inverosímiles. O quizá sí que podría explicarlo. La excesiva trascendencia de su oficio, la sobrevalorada artificiosidad de sus cuerpos broncíneos y la eficacia de sus agentes los han convertido en gaseosa, en el brillo espurio de una multinacional de la cosmética. Las promociones interminables de las películas, las insípidas entrevistas en los suplementos semanales, los machacones anuncios comerciales o los adulterados premios cinematográficos los están pervirtiendo hasta empobrecerlos. Sus tablas resisten un anuncio para Starbucks pero se pudren si intentan cualquier monólogo del rey Lear. Apenas se los ve lucir la dentadura nívea en algún estreno, patrocinar un apadrinamiento o forzar un escorzo imposible en una revista de moda, se advierte su oquedad. En muchos casos el cabello fosco vale tanto como el talento o la silicona tanto como la competencia. El humo se empaqueta ya convertido en mercancía de venta. Observando a los actores modernos desde el patio de butacas se concluye que, o bien no existe pasión en su trabajo porque no hay lucha en sus vidas, o bien se asume que el abdominal se ha elevado a la categoría de arte.
El contraste de la profesión no hay que buscarlo en el siglo XIX, como sugerirían algunos. Ni tampoco en el país de los Lumiere. Ni siquiera es necesario el condensador de flujo o el Delorean para regresar desde el futuro al dorado Hollywood de los años 40. No. Aquí en España hallamos ejemplos suficientes para dignificar una profesión difícil. Uno es Cómicos (1954), primera película en solitario de Juan Antonio Bardem a partir de apuntes autobiográficos. Un justo homenaje al mundo del teatro y a los actores, sobre todo a los olvidados secundarios huérfanos de gloria. El relato es un ejemplo del estilo del cineasta: comprometido, realista y expresivo, con una agridulce acuarela de personajes y un esquema dramático repleto de personalidad que, en último término, supone una reivindicación solemne de la autosuperación personal.
El segundo ejemplo es Viaje a ninguna parte (1986). Obra maestra del cine europeo que toma como guión la novela homónima de Fernando Fernán-Gómez. Nadie mejor que el maestro para amparar a un colectivo profesional del que orgullosamente se sentía partícipe. Desde la perspectiva de una compañía anónima, que simboliza a tantas otras que desaparecieron sin dejar rastro, nos relata el viaje que recorre un actor en la fracturada España de la posguerra. El resultado desborda el objetivo del costumbrismo para adentrarse en una reflexión profunda sobre la condición humana.
Después de visionar estos dos modelos, el panorama del oficio en el siglo XXI ofrecerá un presagio desalentador. Urge astillar el fotocall y resucitar al camarada Stanislavski, cambiar el gimnasio de moda por el libreto de Chéjov. Muchas de las películas fracasan porque tienen un serio problema en la elección de actores y una perjudicial especialización en repartos comerciales. Los nuevos actores quedan muy bien encuadrados en el cartel promocional, con los ojos azules en la impecable fotogenia de la primera comunión, pero les falta autenticidad, sustancia, carisma. Cuentan que la tercera vez que se casó uno de estos actores modernos, su mujer tardó más de dos años y medio en saber que eran marido y mujer. En cuanto nos descuidemos, a la primera actriz, durante la secuencia apoteósica de la película, se le rasgará sugerentemente un liguero de Adidas…
Guillermo T. Coyote
Fuente: Fotos Doctor Macro
Publicado por
Tok
en
12:54 p. m.
|
Etiquetas: guillermo t. coyote
sábado, octubre 18
Cuando vas con el malo....

La verdad es que no me convencen las historias de superhéroes ni en el comic ni en el cine, ni en el telediario. Y la primera de Batman con el rollo tibetano aquel y Katie Holmes en plan guapa-lista pues no sé que decirles, pero creo que este chico Heath, al que Beijing Chic ha dedicado y (tocamos madera) su única necrológica, ha hecho no sé si una obra maestra pero desde luego sí una de las interpretaciones más redondas que he visto en mi vida. La escena del hospital, la charla de dentro y la explosión de fuera, es de los momentos más alucinantes que he visto en una sala de cine. No me acuerdo exactamente de lo que decía la enfermera de los ojos ahumados pero me dejo flipada. Y a nuestro crítico de cine también... y eso si tiene mérito.
EL NIHILISMO LÍRICO DEL JOCKER (Ver más abajo)
Publicado por
Tok
en
10:45 p. m.
|
Etiquetas: batman, coyote, guillermo t. coyote, heath ledger
El nihilismo lírico del Joker
De la recuperación de Batman en El caballero oscuro de Christopher Nolan destacaría, por encima de todo, a su antagonista, el maníaco desalmado e implacable conocido como Joker. Y no porque Heath Ledger, el actor que le prestó los abdominales, los ojos vidriosos y la lengua viperina fuera hallado en su apartamento de Manhattan inflado de barbitúricos y se convirtiera en cuenco de lágrimas de jovencitas, sino por la profundidad filosófica y el penetrante atractivo del último personaje que vistió.
Las tablas del novísimo Batman se cimentan en un espacio romántico, a partir del cual, la labor del héroe no se limita a crear un mundo justo ni a exaltar la belleza del bien por sí solo, sino que trata de definir una actitud: el comportamiento como ética. De ahí que la nueva Gotham City se construya como una ciudad costera, abierta, transparente y luminosa en contraste con las fuerzas que la pueblan: el héroe ensombrecido, su lóbrego contendiente y toda la morralla atribulada que los acompaña caracterizada en maderos, delincuentes y anodinos picapleitos.
En este escenario propio del siglo XXI, Dios no existe. Lo han suplantado dos hombres cuyo último destino es colocarse a la misma altura que él. Por un lado, el ambicioso industrial Bruce Wayne, convertido en rebelde romántico tras la tragedia infantil, apunta en la dirección de la justicia y el orden. Por otro lado, el enigmático Jack Napier, convertido igualmente en rebelde romántico por un misterioso pasado, apunta en la dirección opuesta, al crimen y al caos.
Joker concluye la inexistencia de Dios por su indiferencia ante la maldad y la crueldad del mundo. Si Dios mata y niega al hombre, nada puede prohibir que él mate o niegue a sus semejantes. Para Joker la naturaleza es la libertad extrema, sin el freno de la ética, la religión o la ley. Su objeto es la búsqueda del placer personal como principio más elevado. Si el hombre murciélago reivindica el bien que hay en el hombre, es necesario convertir este bien en irrisión y elegir el mal. Debe de consagrar su existencia al proselitismo del crimen.
El héroe fatal, disfrazado de payaso, equivoca el bien y el mal por su metafísica y sus cicatrices. Se ve forzado a corromperse por la nostalgia de un bien imposible. Es una corrupción con clase, estilosa, se diría incluso con cierta poesía. Todo el mundo sabe que para ser admitido como poeta no hay que dislocarse la muñeca, ni condenar el balompié, ni vestir bufanda roja. John Milton afirmaba que para convertirse en poeta bastaba con ser maldito: “Adiós esperanza, pero con la esperanza, adiós temor, adiós remordimiento… mal, sé mi bien”. En este sentido, es evidente la creación de la identidad de Joker por medios estéticos, “morir y vivir delante de un espejo”, decía Baudelaire.
Un personaje maldito requiere un público, una necesidad de atención desbordada. Los demás son el espejo, por eso no duda en reproducirse hasta la saciedad, en exhibirse, incluso en televisarse. El maldito está siempre obligado a asombrar, perpetuamente en ruptura ante el mundo que lo contempla atónito.
Para Joker, si no hay virtud en el mundo tampoco hay ley. Es decir, todo está permitido. He aquí su nihilismo, la negación de todo principio, autoridad o dogma. El propio personaje declara que las leyes contra los ladrones son vanas: protegen a los ladrones originales, los ricos, los poderosos, contra los pobres que no tienen más remedio que robar. Argumenta que el estado no tiene derecho a prohibir el asesinato, ya que provoca asesinatos en forma de traiciones, ejecuciones y guerras… el nihilismo parece concluir así con un trasfondo utópico… pero no, Nolan, en un plúmbeo ejercicio de acción y efectos especiales con motos voladoras y ayudantes del fiscal martirizadas, lo resuelve en terrorismo, en la negación total por la bomba y el revolver, no sea que al final alguno prefiramos al payaso…
Publicado por
Tok
en
6:03 p. m.
|
Etiquetas: asian cinema, batman, coyote, dark knight, el caballero oscuro, guillermo t. coyote, heath ledger, joker, the dark knight
martes, junio 10
Quién tuviera una amiga como Otilia
El objetivo de esta crítica es contraponer el brillo espurio de las estrellas que desfilaron sobre la alfombra roja de Cannes con el mate del cine que este certamen premia, para así resaltar el evidente contraste entre el negocio vacuo y el arte de compromiso. Para ello hemos permanecido impasibles ante los bustos siliconados, y conteniendo la respiración hasta que han procedido a apilar las tumbonas que sostuvieron los culos de las principales starlets por temor a contagiar nuestra recomendación semanal con el pérfido virus del glamour.
Una vez que el puerto se ha librado de los yates, los cronistas del papel couché han pasado los recibos de gastos al departamento contable y el templete se ha quedado sin orquesta sólo resta hablar del cinema, y concretamente, de la ganadora de este festival en 2007: 4 meses, 3 semanas y 2 días (Cristian Mungiu, Rumanía, 2007). Película integrante del movimiento Relatos de la edad de oro, cuyo objetivo es contar, sin realizar referencias directas al sistema, la historia subjetiva del comunismo mediante diferentes enfoques personales que dibujen esta era de infortunio en la que la gente tuvo que vivir como si fueran tiempos normales.
El largometraje de Cristian Mungiu es una obra áspera y poco complaciente que recorre un día concreto de la realidad rumana de finales de los años ochenta, cuando el régimen de Ceaucescu era tolerado por la progresía europea.
Los espectadores asistimos, de improviso, como testigos a la vida de Otilia y de Gabita (Anamaria Marinca y Laura Vasiliu), dos estudiantes de la Universidad Politécnica que viven el momento previo a una devastadora cita en un sórdido hotel del centro de Bucarest.
La película nos describe, en tiempo real, un mundo a punto de resquebrajarse y hacerse añicos. La mirada de dos mujeres asomadas a la cornisa del abismo. El miedo y el horror de jugar de jugar una partida importante de la vida con una mala baza entre las manos. Por este motivo, el espectador asiste paralizado a un trayecto que, para sortear la asfixia dominante, debe desviarse hacia el infierno.
Este viaje lo realizamos junto a Otilia, una criatura frágil y bella, de heroica fortaleza interna, cuya modesta generosidad conduce en todo momento al discurrir de la narración (salvo una amable excepción). Se trata de la amiga que todos deseamos tener. La mujer que, sin duda, cualquiera elegiría como compañera de piso, de vida o de escuadrón. El ritmo de la película es el ritmo de Otilia.
En cuanto al tema, la narración de Mungiu nos libra de todo tópico, de toda moralidad, mediante el carácter documental, casi testimonial del film. Esta circunstancia condiciona el tratamiento formal de la película constituyéndose a base de tomas largas y, sobre todo, planos fijos con el que el director es capaz de capturar la mayor acción posible de la escena. No hay música para subrayar las emociones, con lo que el relato llega de forma directa, sin filtros, al espectador.
La cinta es inmensa gracias a su capacidad de plantear un análisis del conflicto, al mismo tiempo, analítico y estilizado, de rodar simultáneamente una imagen metafórica y testimonial. Se trata un polémico tema de actualidad, humano y femenino, que concita tantas adhesiones como disputas.
La película, finalmente, se cierra con una pregunta a la audiencia. En el último plano la protagonista se gira hacia la cámara y con una mirada cargada de plomo alcanza al atónito público.
¿Quieres saber cómo es el mundo?, ¿o prefieres hipnotizarte con los flashes?
Guillermo T. Coyote
El trailer
Una escena de la película
Publicado por
Tok
en
10:40 p. m.
|
Etiquetas: Anamaria Marinca, cannes, Cristian Mungiu, guillermo t. coyote, Laura Vasiliu, rumanía
domingo, enero 6
Mamá quiero ser artista

Dicen que Los Ángeles, (L.A.), no es una ciudad si no un estado mental. No hay ningún lugar llamado Hollywood donde están agrupados todos los estudios de cine. Las espectaculares mansiones que vemos en las películas, los exuberantes palmerales de las grandes avenidas o los clubes de moda donde las actrices sin talento se achispan cada madrugada tampoco están en un sitio específico. En realidad se encuentran enmascarados entre las colinas, las carreteras y los barrancos de la región dorada de California. L.A. es un verano, un sueño azul, fascinador y excéntrico. Los terrenos más nombrados: Venice, Beverly Hills, Santa Mónica, Encino, Bel-Air o todo el valle de San Fernando son territorios indefinidos que lo mismo se esconden cuando los visitas de turista con camisa hawaiana, como aparecen en el decorado de alguna película de cine. Esta sensación se siente en primera persona cuando te encuentras en la intersección más famosa del mundo (la esquina de Hollywood con Vine) y sabes que no estás en ningún sitio real. Se trata de un enorme decorado de cartón piedra donde se extiende un Rodeo Drive imaginario. Para hacerlo más verosímil, el lobby hollywoodiense incluye The walk of the fame, un engañabobos donde siempre hay un tipo cargante que intenta durante horas hacerse una foto encajando sus manos en la baldosa donde imprimió las suyas el bueno de Humphrey Bogart.
Buena parte de culpa de que exista esta alucinación de ciudad la tienen sus sibilinos pobladores. Son personas amorales, que lo mismo le ponen precio a su madre, como pagan la fianza de un socio culpable, como descerrajan la vida profesional de su pareja a sangre fría. Son aduladores, lisonjeros, alevosos y despiadados. Lo describió de puta madre el maese Wilder en El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950) cuando Nancy Olson le dice a William Holden: “el tipo tenía talento”, y él le responde “Eso fue el año pasado”. El carácter impúdico de los habitantes guarda relación directa con el mundo del cine. Nicholas Schenk, después de convertirse en el dueño de la Metro Goldwyn Mayer, también definió este entorno cuando llegó a L.A.: “Nunca he visto más gente desgraciada que gana un millón de dólares al año”.
Pues algo así es lo que trata de contarnos Robert Altman (Kansas City 1925-Los Ángeles, 2006) en The Player (El juego de Hollywood, 1991) con un guión clásico y original, lleno de giros estupendos (mi compañero de redacción diría: “ilove… Michael Tolkin!”). Altman, el cineasta cáustico, crítico con la sociedad estadounidense en anteriores trabajos (Mash, 1970, sátira de la guerra de Corea cuando los marines aún ensuciaban sus uniformes en el fango de la selva vietnamita, o Nashville, 1975, un retrato épico de la sociedad yanqui de los setenta a través de la música country), especialista en las obras corales (Short Cuts, 1993 o Gosford Park, 2001) se rebela aquí contra la mano que mece la cuna para hacer un relato de L.A., su gente y su industria. Es una película sobre el mundo del cine realizada por un cinéfilo, cuajada de homenajes, cameos y citas que deleitarán al seguidor más empalmado del séptimo arte. Además la protagoniza Tim Robbins, (lo más parecido que tenemos hoy a James Stewart), poniéndose en el pellejo de Griffin Mill, un arquetipo de los fabricantes de sueños (los productores de cine).
En esta peli se puede ver bien lo que planteo, que Hollywood es un poblado fantasma del viejo oeste, una ciudad edificada sobre ilusiones y desilusiones. Lo dijo mejor el actor Joe Frisco, “Es el sitio donde te levantas por la mañana y oyes toser a los pájaros entre los árboles”.
Nota
Como lo que cuento nunca motiva para ver la película, intento otra fórmula, el trailer en 25 palabras:
Empezamos en la mayor penitenciaría de California: San Quintín. Es de noche y llueve. Una limusina cruza la verja principal, cerca de un grupo de manifestantes que hacen una vigilia con velas. Las velas, bajo los paraguas, brillan como linternas japonesas. Una manifestante, una mujer negra, está ante la limusina. Los faros la iluminan como una aparición. Sus ojos miran fijamente al único pasajero…
Fuente: Doctor Macro
Publicado por
Tok
en
8:14 p. m.
|
Etiquetas: el juego de hollywood, gloria swanson, guillermo t. coyote, hollywood, norma desmond, robert altman, the player, tim robbins
viernes, noviembre 23
Genio y Figura
Vi por primera vez a Fernando Fernán-Gómez (Lima, 1921, Madrid, 2007) cuando era alevín, acompañado de mi abuelo durante una sesión contínua en el desaparecido cine Consulado de la calle Atocha. En la oscuridad de la sala apareció en pantalla un tipo desgarbado en mangas de camisa blanca, con una cara peculiar en donde destacaba el pelo panocha en remolino y una narizota con la que hubiera podido competir con posibilidades en un campeonato de zanahorias. Durante aquella película, El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973), quedé prendado por la voz grave y por el brillo derramado de sus profundos ojos azules. Me lo creí entero. Esa sensación auténtica y compleja nunca abandonó al actor en sus posteriores trabajos, aunque el guión o la película fueran un castigo.
Hijo de la actriz Carola Fernán-Gómez, escuchó sus primeros aplausos en el útero materno, deslizándose de él poco tiempo después en plena gira teatral por latinoamérica. Fue criado huérfano de padre, por su madre y su abuela (“Ellas se esforzaban en que me pareciera natural el hecho de no tener padre y yo me esforzaba en que ellas no se dieran cuenta de que yo me daba cuenta de que aquello no era normal”), en un momento en donde nuestro país adquiría un color grisáceo, apagado, y la vida había de soportarse con un ánimo de mármol entre las manos para pasar, sucesivamente, las etapas más lóbregas de la España reciente: guerra civil, posguerra y dictadura. A pesar de ello, el joven Fernando comenzó a improvisar chascarrillos y chanzas en compañías teatrales de aficionados (su primera oportunidad se la da Enrique Jardiel Poncela al ofrecerle el papel de Peter el pelirrojo en Los ladrones somos gente honrada, 1940), haciéndose actor, un oficio que no se avenía a su carácter y que, sin embargo, le iba a reportar una vida de bohemia. Esta iniciativa no le privó de adentrarse en otros ámbitos culturales. Abandonó la carrera de filosofía y letras por su cada vez mayor actividad como cómico profesional (llegando a participar en más de 150 películas como actor en 50 años de profesión), iniciando a la vez trabajos de escritor, realizador, dramaturgo o articulista con resultados destacados, componiendo una personalidad humanista, barbada de inquietudes culturales casi renacentistas.
En cine (toda la vida es cine), hay que señalar su mejor compromiso. Una oleada de ejemplos irrumpe en su filmografía: Domingo de carnaval (Edgar Neville, 1945); El anacoreta (Juan Esterlich, 1976); Belle epoque (Fernando Trueba, 1992); El abuelo (José Luís Garci, 1998); La lengua de las mariposas (José Luís Cuerda, 1999); o las dirigidas por él mismo: La vida por delante, 1958; La vida alrededor, 1959; El extraño viaje, 1964; la increíble El viaje a ninguna parte, 1986 (con una secuencia que es para enmarcar en las filmotecas); La silla de Fernando (David Trueba, José Luís Alegre, 2006) último estreno que fui a ver al cine y tan recomendable como una noche de placer, o el largometraje con guión suyo Las bicicletas son para el verano (Jaime Chávarri, 1984).
Afortunadamente Fernando es ya un mito, y los mitos pasan a la inmortalidad de la memoria (de los discos duros, de los deuvedés, de los libros). Sin embargo, hay que esforzarse por imaginar a Fernando preservando la actitud ante el mundo que le quedó en la infancia, lejos de las dolencias que le restaron resplandor en la mirada o rotundidad a la voz. Es preferible imaginarlo en su vida de noche madrileña, junto a Manolo Aleixandre, bajos dos sombreros de ala ancha, alternando entre cabarets, putas y amigos, prendido a una botella de licor.
Guillermo T. Coyote
Publicado por
Tok
en
2:33 p. m.
|
Etiquetas: coyote, fernando fernan gomez, guillermo t. coyote
martes, octubre 2
Wassup, rockers!

En 1967, con tan sólo 16 años y partiendo de su experiencia, Susan E. Hinton escribió Outsiders, una novela sobre un grupo de muchachos que, sin protección fraternal, tan sólo se tenían los unos a los otros para ascender por el difícil peldaño de la juventud. Divididos en subgrupos sociales (bandas), los jóvenes se veían obligados a luchar por su lugar en el mundo y estos enfrentamientos, en ocasiones, generaban importantes consecuencias en el discurrir de sus vidas. Bajo este foco, Hinton escribió una novela sincera y realista, referente en US para las demás novelas juveniles, que trató de forma directa cuestiones como la desesperación que uno siente ante observarse diferente al entorno que le rodea. Todos estos parámetros conforman una historia de chavales tan cruda, como interesante. Y no todo es malo, claro. La vida compone un amplio mosaico en el que se distinguen azulejos y deposiciones a partes iguales (o en distintos porcentajes, según la época y el individuo). Por eso durante estos años también se conocen momentos positivos y otros que no lo son tanto, como las drogas, la amistad, las barreras sociales o la esperanza de escapar de ese modo de vida hacia otra mejor (en los mejores casos hay estufa de gas, matrícula en un gimnasio, dos gatos, televisión, surround e hipoteca).
El cine ha sido prolífico en este terreno minándolo con cientos de historias enmarcadas en este contexto. Sin ir más lejos, Francis Ford Coppola lo hizo en dos trabajos notables con sendos textos de Hinton: Rebeldes (Outsiders) y La ley de la calle (Rumble fish), ambas de 1983, rodadas con el mismo equipo, pero sin embargo diferentes en sus planteamientos. Rebeldes está concebida con un esquema clásico mientras que Rumble fish es mucho más experimental, más valiente y mucho más personal. Las dos coinciden en que tienen un actor común, el magnífico Matt Dillon (un tipo duro de verdad), que esconde como nadie en su mirada al joven que busca, y al hombre que encuentra.
Pues todo este retrato generacional se actualiza a nuestros días de la mano de Larry Clark, un fotógrafo de Tulsa, Oklahoma, que pasa a engrosar la lista de directores dotados para contar historias de juventud contemporánea (recomendación: Gus Van Sant y leer como hace los castings de los actores el bueno de Larry). Así lo atestiguan sus anteriores trabajos: Kids, 1995; Bully, 2001; Ken Park, 2002, etc., que narran la misma juventud que Coppola contó en los ochenta, pero ahora, de forma diferente e igual de interesante. A pesar de que los jóvenes cambian el skater por la moto y existen las obvias diferencias generacionales de los dos periodos, coinciden en algunos puntos comunes como las bandas, las drogas, las peleas, el sexo o el incombustible sol de California.
En Wassup rockers (2006) la juventud de LA ha cambiado tanto que ahora es fruto de la inmigración mexicana, rueda sobre monopatines el South Central y se embute en unos pantalones de pitillo, al estilo de los Ramones. Son los nuevos jóvenes del siglo XXI, así que al lorito con ellos. Constituyen una banda perfectamente estética, su protagonista se parece a Denzel Washington y forman un grupo de música de rock punk. Y follan, claro, y mucho. A los quince años han estado con tantas chicas que no se puede por menos comparar esta bendita promiscuidad con la que padecimos los españoles nacidos en los setenta, más acostumbrados a tener sexo por correo.
Te gustará si… tienes alguna clase de sentimientos y te preocupas por saber qué existe a tu alrededor.
Guillermo T. Coyote.jpg)
Wassup Rockers:
Rumble Fish:
The Outsiders:
Publicado por
Tok
en
3:04 p. m.
|
Etiquetas: francis ford coppola, guillermo t. coyote, hinton, larry clark, matt dillon, wassuo rockers
lunes, abril 9
El arte de la épica


Un chubasquero es lo que se necesita para ir a ver la película 300 (Zack Snyder, EEUU, 2007), sobre todo si la intención es sentarse en una de las filas más próximas a la pantalla para ver los descuartizamientos y las ejecuciones bien de cerca para no perderse ningún detalle. La sangre, ya lo aviso, sale muy mal si se adhiere a algunos tejidos.
La película, adaptada del cómic homónimo del dibujante (de moda) Frank Miller, ha recaudado más plata en un fin de semana que el resto de las diez películas más taquilleras del año 2007 juntas, y supera con mucho (en todos los sentidos, económicos y artísticos) a los tres neopéplums anteriores Gladiator (Ridley Scott, EEUU, 2000); Troya (Wolfang Petersen, EEUU, 2004); y Alexander (Oliver Stone, EEUU, 2004).

La historia, que esquiva la fidelidad histórica (no sea que aprendamos algo), se basa en la mítica batalla junto al golfo de Malis que llevaron a cabo los griegos y los persas en las llamadas Guerras Médicas, en el 480 antes de nuestra era. El rey de Esparta, Leónidas I, un tipo que rellenó su curriculo vitae con una mancha de sangre, lideró una coalición de ciudades-estados griegas para enfrentarse al ejército persa que venía desde Irán con ganas de asaltar Europa a las bravas. La batalla esto es cierto, estaba descompensada: 70.000 helenos vs 420.000 persas. Se dice (Heródoto, lo dice) que Leónidas decidió que la mejor opción para hacer frente a su adversario era replegarse hacia el interior de la hélade. Para que fuera viable el plan, alguien tenía que contener a Jerjes, y como al pedir voluntarios todos los soldados del ejército empezaron a silbar y a trazar círculos en el suelo con las sandalias, el propio Leónidas reclutó a trescientos hoplitas espartanos (y a varios millares de voluntarios griegos) e hicieron frente al invasor en el paso de las Termópilas, un estrecho desfiladero de unos 12 metros del altura que (por lo visto) era la llave de Grecia. Los lacedemonios (o espartanos) constituían una de las fuerzas más pequeñas, pero debido a su reputación y a estar mazas a más no poder (recuérdese que al que era un poco escuchimizado lo despeñaban por un terraplén), llevaron la voz cantante en la lucha.

Hasta aquí la historia que 300 simplifica hasta el máximo contando una versión un poco chusta en la que implica al jorobado de notre dame, que se equivoca de peli y se mete en ésta para traicionar a los buenos, porque quiere ser un soldado espartano pero como es tan feo no le dejan ni que haga de cadáver.

En el lado negativo mencionar también el guión, con las frases pésimas de siempre, tipo: “he hecho lo que he hecho porque tenía que hacerlo”, “galdeano, tócamela con la mano” y rollos similares. Ya se sabe, palabras de digestión rápida, para pensar lo menos posible. Es una pena que no utilicen una de las frases griegas que precisamente pronunciaron ante aquella invasión y que seguro hubieran podido incluir en alguna parte del guión: “Los hombres podrán cansarse de comer, de beber, o incluso de hacer el amor; pero nunca de hacer la guerra”. De una actualidad pasmosa a pesar de sus 2.500 años. También es tremendamente nociva la parte que se desarrolla en Esparta durante la batalla: vana, fútil e intrascendente.

A su favor (sorprendentemente) algunas cosas. Está de puta madre el detalle de la lucha cuerpo a cuerpo, el salpicón sanguinolento bajo el color sepia, los destellos brillantes del acero destrozando cuerpos y la coreografía de la formación de ataque bajo los escudos. La acción está logradísima. Así como la producción ornamental, que hace de la pantalla un cómic satinado a lo bestia en donde se van sucediendo las viñetas y pasando las hojas (imaginarias) con el iris del ojo. Una producción muy estética donde los espartanos brincan, dan piruetas en el aire y acuchillan a cámara lenta en una argamasa formada por la destreza técnica de Matrix (Hermanos Wachowski, EEUU, 1999) y Sin City (Robert Rodríguez, etc. EEUU, 2005).
Lo más positivo es que se revitalice el género del peplum, que suele abundar en la tele patria por estas fechas. Un buen momento para revisar Espartaco (Stanley Kubrick, EEUU, 1960) que sigue siendo, de largo, la mejor película de romanos de la historia…
Publicado por
Tok
en
9:14 p. m.
|
Etiquetas: 300, cine, coyote, Frank Miller, guillermo t. coyote


















