jueves, noviembre 2

El niño atómico


Sus padres se quedaron pasmados cuando el pequeño Fernando condujo el Volvo de Gijón a Oviedo con tan sólo siete años. No se sorprendieron porque el niño fuera capaz de conducir a esa edad, ya lo había hecho otras veces, se asombraron porque lo hacía dormido.

Su profesor de gimnasia en el colegio, calvo, bracicorto, un tipo gordo con la camiseta mal metida en el pantalón del chándal, aseguraba en un entrevista televisiva que descubrió una mañana concreta que Fernando llegaría muy lejos. Durante un ejercicio le colocó de portero y al primer disparo a puerta un compañero le propinó un balonazo en el centro de la cara. El profesor, alarmado, se le acercó rápido y sacó un pañuelo para taponar sus fosas nasales. Al momento, retiró la mano, se apartó un par de metros y se persignó: ¡aquel niño sangraba hielo!

Con estos superpoderes vivió Fernando en la carcasa del coche como las ostras en la concha. Sin otra escuela que un taller mecánico, el niño aprendió a descifrar con éxito los coeficientes de las adherencias, los grados de viscosidad del aceite o la resistencia relativa del aire con la misma naturalidad con la que confundía su vejiga con el depósito de gasolina. No se conformó con disputar cada una de las carreras en las que tomó parte, se propuso vencerlas, y durante años atravesó mil veces su cabeza por las coronas de laurel, devoró toda clase de premios sobre manteles de cuadros y chapoteó gozoso con la espuma de champaña. Su única misión era extraer de cada victoria, gota a gota, la leyenda dorada de los Fangio, Senna o Fittipaldi y que le fuera calando por el mono de trabajo azul.

El pasado fin de semana, después de revalidar el campeonato del mundo, Alonso se hizo acreedor de una parcela en el salón de la fama de los campeones. Tras el olor a goma quemada que deja el final de temporada, todos a su alrededor parecieron abandonarse a la emoción de los vítores, los clamores y la algarabía. Todos, salvo él mismo. Todavía protegido por el casco, tocó la visera con los nudillos para reconocer la dureza de su caparazón. Después, bajó su cabeza de hormiga, quizá para compadecer a Schumacher, y se marchó rodando sus cuatro pies de neumático en dirección al boxes. Allí, entre la luz que irradian los chispazos de soldaduras, los ingenieros, mecánicos y peritos de su equipo tuvieron que consultar el manual de instrucciones después de dos años: les era imposible separar el carburador francés del riñón asturiano.

C. Akab

Ilustración: Ilove1977