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domingo, junio 22

El niño Silva

Contaba el primer entrenador de Silva (Arguineguín, Gran Canaria, 1986) que cuando lo vio en el polideportivo corriendo detrás de una pelota le pareció descubrir un querubín alado. Sonaba un poco cursi el comentario, o quizás obsceno, viniendo como venía de un cuarentón con bigote que se rascaba la entrepierna. Sin embargo, el estilo final del 21 ha confirmado la impresión inicial. El chico parece completamente liviano en la balanza del juego y mantiene con la pelota el vínculo sensual que siempre distingue a los cracks de los jugadores de fútbol. El tenue canario se ha convertido en un mediapunta de zigzag, una libélula capaz de regatear tres contrarios en la barra de un pasamanos. Su relación con el balón no recuerda tanto a la conexión del pintor con el color, sino a la asociación de dos especies creativas obligadas a convivir. Tal simbiosis aparece tan vital para el niño humano como para su camarada esférico. Sin la pelota Silva es un muñeco de serrín con ojos rasgados. Sin Silva la pelota es una figura plana de cuatro líneas rectas.
Presten atención a la banda izquierda de la roja. Allí, si permanecen mirando el tiempo adecuado, verán que el niño Silva después del gol para sofocar el humo del revólver.

Javier C. Akab

domingo, febrero 17

La pantera




La pantera Thierry Henry (Essonne, 1977) merodea entre la campiña rectilínea con la presencia refinada de un depredador prêt-à-porter. Su estampa tostada es en sí misma toda una declaración profesional: tiene el cuerpo estriado que distingue a felinos y velocistas, gente nacida para vivir entre la alta competición, en cuyo muestrario cuenta más la inteligencia que el fuelle. En su delirante mundo animal el éxito no pasa tanto por la velocidad como por la sorpresa. Su secreto no consiste en aplicar un ritmo asfixiante, sino en cambiarlo violentamente: hunde la zarpa de apoyo en el verdín, relampaguea los nervios en una descarga, se transforma en materia explosiva y gana el metro decisivo en un solo golpe de riñón. Luego, a la hora de celebrar la presa, de su garganta no prorrumpe un alarido, es más bien un estilizado rugido con acento francés.

Los preparadores físicos y médicos que han tratado a la pantera Titi proponen debates durante las pruebas médicas que miden su rendimiento: nunca saben si Thierry es un magnífico ejemplar de la evolución o un superviviente del planeta del jaguar; si es un mutante felino de la Marvel o la simple expresión del entusiasmo.
Aunque su porte atlético parece la consecuencia lógica del procedimiento de la naturaleza, su carrera se incubó en el barrio obrero, entre una maraña de muchachos valientes que se atrevieron a soñar en voz alta. Y ya se sabe lo que dicen, si alguien sueña en voz alta siempre puede haber un mago que lo escuche. Henry encadenó su muñeca a la del brujo Arsenio Wegner y le siguió a Mónaco y, tras una breve escala en Turín, a Londres. En la ciudad del Támesis, el té y los modales, la pantera, lejos de domesticarse, se hizo asesina. En ocho años corroyó la historia de los gunners convirtiéndose en el máximo goleador de la historia del club, superando el récord del mítico Ian Wright e hizo del equipo una escuadra invencible. Y es que con el 14 a la espalda, Henry ha levantado todos los trofeos posibles: con la selección del gallo y todos también en el Arsenal, salvo la malograda Copa de Europa desaprovechada en París.

Una vez agotada la caza mayor en las islas se le reclamó, a golpe de talonario, en el flamante F.C. Barcelona All-Star. Y aquí está ahora, con su moreno estupendo, su exotismo y su rictus de baloncestista nba, afilándose los colmillos en la cepa del poste.


Capitán Akab.

lunes, agosto 27

… y el fútbol regresó a Chamartín


Parece que las musas se han vestido el uniforme blanco y, de pronto, chispean granos de café en el campo. Cuando todos los agoreros sospechaban que, tras la vacilante preparación, el equipo iba a caer en el sopor crepuscular que suele abatir a los equipos campeones, tres puntos han llovido desde el cielo de la capital en una armoniosa borrasca de abundancia balompédica. Quizá se trate de una tormenta veraniega, de un fenómeno estival: jugados noventa minutos en la pradera de Chamartín, queda todavía un mundo para que se dirima la guerra; parte se disputará en el alambre de la suerte, parte se fraguará en el abismo del destino.

En sólo un año, el Real ha experimentado las contradictorias inspiraciones que distinguen al mejor. Ha disfrutado durante un instante de la gloria del vencedor, y luego, confundido por los gritos, ha observado que todo nuevo campeón se inicia en una nueva época por el mero hecho de serlo. Desde aquella noche de junio en que se sorteaba la Liga, los muchachos se han sentido admirados, envidiados, comparados, criticados y vilipendiados, es decir, perseguidos. Han comprobado que en sus vidas de futbolistas toda la adhesión es condicional: se renueva con el tercer acierto y se retira con el primer fallo. Nunca habían llegado a sospechar que una camiseta nívea, impoluta, apenas lastrada con un dorsal y una marca, pudiera pesar un quintal.
Con permiso de los demás actores nuevos, Bernardo Schuster es la nueva válvula que regula el entramado. Casi nadie se detiene a recordar que en su día fue el sucesor natural del Kaiser Beckenbauer. Deba gusto verle jugar, aplomado en mitad de la cancha. Con su talla de guardarropa, su boca ancha y su melena nibelunga lo mismo acertaba una falta por la escuadra, como distribuía el juego en todas las direcciones, como transmitía a los espectadores la inequívoca sensación de que fútbol era él. Ahora, soldado al fuselaje del banquillo merengue, necesita a alguien que le trace el terreno de juego de centros, alguien que le imprima a la pelota cierta relación de jerarquía, alguien a quien dejar su traje de seda prusiana y su bastón de mando. El nuevo ideario madridista ha revitalizado a jugadores como Raúl, Guti y Robinho. Schuster decidió que si sólo contaba con dos puñales, se los iba a dar a los delanteros. El capitán se lo colocaría entre los dientes, y Robson lo guardaría debajo de la media. Sin embargo, la vara de Arellano era para Gutiérrez. El rubio de Torrejón desenfundó el sábado el telémetro y se apostó en la garita de la media luna para mandar. Antes de que pitara el de negro, entre los tres habían ganado el partido.

Capitán Akab

domingo, junio 10

Frank versus Fabio


Frank amanecerá el sábado con su pijama de rayas verticales y se bajará enseguida al garaje-estudio a ver si es capaz de ajustar la quinta marcha de la caja de cambios blaugrana. Antes, cuando era un apuesto medio centro con el ocho a la espalda, Frank no se confiaba sólo a las artes de la velocidad y la habilidad, tenía las condiciones del todoterreno. Pintado su chasis en rojo y negro, se entendió con Ruud Gullit en cortos pases precisos que se ajustaban al empeine, y con Marco Van Basten en largos pases curvos que se envenenaban sobre la media luna del área. Convirtió la presión sobre la línea medular en la más efectiva de las estrategias, levantó dos copas de Europa mandando una cohorte en aquel ejército del general Sacchi y algunos espectadores hubimos de llorar sus centros casi tanto como los admiramos en la Alemania del 88.

Fabio en cambio madrugará en su estoica trinchera del frente del Ebro, y revisará en la sala de banderas la topografía de la sierra aragonesa para escudriñar algún desfiladero donde apostar a sus francotiradores. En pantalón corto y corriendo por un terreno de juego, Fabio tuvo el talento reiterativo del tornero fresador. Para él, la pelota nunca mereció la consideración estética de una pompa de jabón, ni representó la abstracción poética del globo terráqueo. Con su filosofía italiana, el fútbol sólo se entendía entre el paréntesis del esfuerzo físico y el otro paréntesis del disparo a puerta. El regate, la finta y la tramoya eran cosas de amanerados, teorías de artistas, hipótesis de trabajo de vagos.

Como entrenador, Frank ha heredado de las escuelas holandesas el fútbol ofensivo, y de sí mismo una determinación biliar por la victoria. Su carácter se dibuja con una mezcla de tirabuzones, chaquetas osadas y cajetillas de cigarros que desembocan en un estilo educado en la sala de prensa y ofensivo en el campo. En la cancha, Frank no defiende, organiza a su equipo como un compenetrado comando de ingenieros que, entre ceja y ceja, planean una campaña de invasión de la que sólo regresarán con un botín de goles.

Fabio, al contrario, se ha refugiado en la grave silueta de un Comisario. Encarna el espíritu de la cúpula del estado policial. Viste clásico: traje azul marino, pantalón de pinzas gris marengo y camisa blanca impoluta. El escudo de su equipo bordado, como la estrella del sheriff, cerca del pecho. Por su carácter de tipo duro e inflexible prefiere las guerras de desgaste a las de conquista. Domina el oficio de la especulación, doctorado en títulos, aprieta las mandíbulas cuando pierde y… también cuando vence.

En cualquier caso, termine como acabe y por encima de nuestros cálculos, la gloria se repartirá injustamente. El ganador se erigirá en el nuevo Napoleón y, huyendo de la rendición de Breda, el perdedor alcanzará las cotas más altas… del sumidero.


Capitán Akab


Nota: esta crónica estaba redactada para ser leída ayer, por problemas ajenos al autor no ha sido posible su publicación hasta hoy. Pedimos disculpas por el retraso tanto a nuestro coloborador como a sus fieles lectores. La Dirección.

jueves, mayo 31

El patrón de navío


Llovía sobre el terreno de juego sin distinción. El verde del campo, podado antes con cortaúñas, era ahora un cenagal. Los jugadores de los dos conjuntos más que correr, nadaban; para llegar al área contraria era obligatorio el uso de una lancha motora.

En el San Mamés que se veía a través de los pequeños ojos de Javier Clemente siempre se luchaba con una herradura en una mano y un ancla en la otra. Javi, que fue el entrenador que capitaneó la última gabarra rojiblanca surcada por el río Nervión a mediados de los años ochenta, cuando los campos apestaban a abono, ya se lo advirtió a los muchachos en el vestuario: “Sed valientes en los primeros compases del partido. Concentraos en el juego y amarraos los machos. Hoy jugamos en alta mar.” El mister ya se sabía la historia, la había repetido infinidad de veces en su cuaderno de bitácora. Ayer, en el banquillo de los leones, abandonaba su chándal talla pequeña y mutaba una vez más hacia la figura de patrón de navío. El mandatario de turno, constructor, empresario o fabricante de perritos calientes, nuevo jefe de la factoría de Lezama, le había encomendado la renovación del equipo a mediados de la temporada. Clemente ahuyentó a las estrellas que quedaban en el vestuario de Bilbao con su repelente de serie, y reclutó obreros. Dio cancha a tipos más acostumbrados a los martillos que a las portadas del Just Jared. Preparó un equipo para la lucha y dejó la creatividad en las manos de un solo hombre: Fran Yeste, un vasco cuya pierna izquierda es una hiedra salvaje, que hace lo que le apetece.


El Athletic de Bilbao llegaba a la fase final del campeonato con la inercia luchadora que otorgaba el haber remontado el juego desde el último turno de dados: con un buen número de puntos, pero también con un juego aburrido, trabajado y rácano. Clemente había vuelto a sacar petróleo de un glacial. Contaba con un equipo de soldados, sin jerarquías, medido, compensado en todas sus líneas, con dos hombres por puesto motivados hasta el infinito, con un machete entre los dientes y su alma en oferta dispuesta a ser vendida por un saque de esquina más. Los muchachos de Javi, antes de abandonarse en un partido y bajar los brazos, preferirían amputárselos a mordiscos. Para ganar a los de Getxo era necesario el concurso de un médico forense que certificara su derrota. O eso es lo que se propuso Javier Clemente en su tercer regreso como oficiante en La Catedral: llamar la atención de la distraída musa, fruncir el ceño con la severidad de un capataz de obra y balancear el timón buscando buen puerto entre la bruma. Además, ante las cámaras vistió su traje de noche, ese que luce detrás de los micrófonos y habla por los codos…


Capitán Akab


viernes, abril 20

El heredero



Decía el portero argentino Roberto Perfumo antes de un partido contra la selección brasileña de Pelé: “Al contrario que los demás, este tipo es capaz de hacerte la fácil, la difícil y la imposible”. Lo mismo debieron de pensar los jugadores de verde el otro día cuando Lionel Messi (Rosario, 1987) les había aplicado dos caños, cinco amagues, siete quiebros cerrados y un tratamiento de electrochoque en tres tiempos: toco, amago y me voy. Les retrató con la apresura del asesino y con la simplicidad de un muchacho.

Y es que nadie podía llevarse a engaño cuando Lionel Messi llegó iniciado el siglo XXI a la Masía encaramado en sus trece añitos, para perseguir una esfera hueca rellena de aire. Al poco de llegar a la academia de Barcelona ofrecía ya todas las pruebas imaginables sobre la utilidad de una pulga calzada con botas de fútbol. Algunos sospecharon que habían encontrado el insecto atómico, un raro espécimen de fuga capaz de transmitir a la pelota comportamientos sólo explicables en determinadas velocidades, superficies y dimensiones.

Los investigadores del balompié se apresuraron a teorizar sobre las causas de tal mutación. En ella parecía manifestarse el principio de adaptación al medio, un efecto secundario de la especulación del suelo. Las enormes haciendas de la Pampa habían sido violentamente sustituidas por los terrenos vecinales de San Cugat, y para sobrevivir, el joven tahúr debía de colonizar como nadie los espacios individuales y dominar las distancias cortas: debía de regatear en una baldosa. Así, los técnicos deportivos del Barça anotaron en sus informes que a aquel chico bajito y pálido le declararían una especie protegida.

Gente como Ossie Ardiles, Bochini, el Diego Maradona, burrito Ortega, Aimar y otros excepcionales ratones de armario se habían erigido en la prueba irrefutable de que el tamaño, en un campo de fútbol, no importa nada. Por eso saludaron sin reservas la llegada de Lionel. Este atleta diminuto, chaparro y vertiginoso no sólo reivindica la habilidad como forma de expresión; la acredita como cualidad principal en el trabajo dentro de la cancha.

Dijo Jorge Valdano en una entrevista anterior al partido de copa (“tiene interiorizada su condición de crack”) que si a él le hubiera ocurrido lo que a Messi, con esa edad, no sabría si ducharse antes o después de los partidos.
Hoy sabemos que Messi se duchó después. Enseñó una sonrisa tímida en el túnel de vestuarios, se retiró el flequillo de la cara y dijo modestamente, como si no fuera con él: “y qué sé yo… Por ahí, me fui al ataque, vi un hueco y marqué gol”.
Todo muy sencillo. Pelusa, ahí tenés tu heredero.



Capitán Akab


domingo, marzo 25

La colegiala





A ratos, cuando el atletismo se nos representa como una labor áspera donde los músculos cuentan tanto como las centésimas, la pista roja es el territorio señalado para que los mulos compitan con las abejas. Nadie ha descubierto mejor sistema para dominar las piernas que el de introducirlas miles de kilómetros, y en esa necesidad de correr y correr, la velocidad siempre es el resultado que se extrae de una discrepancia entre el tiempo y la constancia. Este ecosistema, que se da entre el viento helado, o bajo del aire suspendido de un pabellón, está habitado por gentes condenadas a entenderse de dos únicas maneras posibles: con astucia o con bíceps.
En este entorno era previsible que los técnicos actuales pusieran algunas objeciones estéticas a la carrera de Mayte Martínez, la colegiala del Zorrilla. Con esa suave carrocería, esos ojos dulces y la carpeta de colores apoyada sobre su pecho, la niña estaba condenada a maniobras tan complejas como tomar apuntes en una clase de ciencias naturales, como los demás estamos condenados a no esperar más sueños que los que nos regala el cinemascope, o el sueño profundo de las noches.

Pero resulta que en el campo abierto, o en el mágico recinto oval del estadio de atletismo, la niña apacible y sonrosada de Castilla se transforma en una gacela. Mientras previsualiza la carrera mentalmente junto a la línea de salida, con el flequillo pegado a la sien derecha, se le dilata el cuerpo de goma, se le crispa el corazón de hierro y, a la postre, se le atiborran los pulmones de una corriente con aroma de laurel. Intercambia, en fin, su indumentaria deportiva por las plumas del avestruz que, caprichosas, van a parar a lugares estratégicos que mejoran el generoso rendimiento del corredor del medio fondo. A saber: unas le van a parar a los brazos, por si tiene que espantar alguna alimaña; otras se le clavan en las articulaciones, engrasándolas con la parafina del viento y, finalmente las últimas, por razones poéticas, van a parar al cielo de sus pies.



Después, la carrera se desarrolla en ochocientos suspiros eternos que no llegan, en el mejor de los casos, a los dos minutos de duración. Aproximadamente el mismo tiempo que los espectadores y aficionados tardamos en olvidar ese mundo de bríos, longitudes y proporciones que es el atletismo. Sobretodo si no se observa, desde el podio, el refulgente destello dorado del éxito.

Para cuando sucede, Mayte se viste de nuevo el anónimo chándal del sacrificio y al lado de Juan Carlos Granado, su hombre de confianza, torna a su fortín en la meseta amarilla y verde, a perseguir caballos, a contar estrellas, a peinar el aire gélido con el elegante forcejeo de su galope…


Capitán Akab

viernes, marzo 16

El Niño


Siguiendo un rastro de huesos rotos por la insondable llanura de los circuitos, un niño cabalga huidizo sobre una montura de hierros encendidos con pezuñas de goma. Los expertos, técnicos, rivales o cronistas que están en el paddock, al observar el cronómetro, se reparten las dudas y no se ponen de acuerdo: para unos tiene la reservada mirada del Llanero Solitario, para otros, es la esperada reencarnación de Billy el Niño.

A la tarde se atrinchera en el box, rodeado de su milicia de peritos, ingenieros y mecánicos, con un sonajero bajo el mono y una pegatina sobre el casco. Allí, enroscado en una maraña de manillares, estriberas y fibras, repasa con sus consejeros el cuaderno de referencia para el combate del fin de semana. Ha estado tanto tiempo domando motos, estudiando la mecánica y calculando sus variables, que aún no es capaz de distinguir cuál es la diferencia entre su cerebro y el pedal del freno.

Fundido al chasis de su Honda, bajo palio en la imprevisible mañana del domingo, ante la expectación de cachondas azafatas, patrocinadores y aficionados, se produce la mágica metamorfosis en su cuerpo: una vez más, en sus venas, permuta la sangre por el hielo.
La historia no empezó hace mucho tiempo. Su mentor le señaló con el dedo en plena orgía de talentos. Donde otros miraban a un crío frágil, tenue, casi cristalino, que aún no había cambiado los dientes, Alberto Puig vio en dos trazos, un bosquejo del futuro campeón del Mundo. Mientras los agoreros se frotaban las manos y se daban codazos entre risas ladinas tras un año de pruebas sin grandes resultados, los patronos tamborileaban sus dedos sobre el escritorio mostrando su impaciencia. Puig se mostró tozudo en su argumento: “Me quedo con Dani. El chico va tan rápido que adelantaría en la curva a su propio silbido”.

A partir de ese momento Puig metió a Pedrosa en una probeta. Diseñó al noi de Castellar del Vallés a su antojo, empleando la vieja ecuación que se aplica a los purasangres: la mitad del éxito amparada en sus propios genes, la otra mitad, obra de una buena escuela.

Pedrosa avanza imparable hacia el impar atardecer rojo de Monumental Valley en su yegua de plata. Sabe que aún teniendo una milimetrada cabeza, es necesaria una inspiración kamikaze. Al fondo le aguarda Il Dottore, sacando brillo a su potro, con la sonrisa segura del que ya lo ha ganado todo.

No nos impacientemos, llamen al pianista, saquen a las chicas y sirvan otro whisky en el Saloon. Restan ya pocas horas para el esperado duelo del O.K. Corral.
A efectos publicitarios, Dani es azul. Para nosotros, es de oro.

Capitán Akab.

domingo, febrero 4

Gutiérrez



Al inicio de la tarde el viento frío se levanta por la castellana entremetiéndose por entre la camiseta y el pantalón de la hinchada. Otro domingo que en lugar de disfrutar de un partido de fútbol, hay que ir al tajo.
Cerca de concha espina se puede observar como el terreno de juego está cercado por cuatro vallas amarillas, un buen número de luces de obras parpadeantes y once palancas retroexcavadoras. El césped llano por el que antes se escuchaba el susurro de un fado portugués es ahora tan transitable como un arrozal. El medio campo que antes servía como escenario, se parece más a un patatal chipriota, a un campo recién levantado, con hormigoneras y obreros con casco por encima. En el Real, desde que en junio comenzó la obra con los patronos, en lugar de deportistas se reclutan peones. Tipos más acostumbrados al olor del aceite que al papel couché. Si antes el verde cosmopolita madridista estaba decorado con estilo británico, cerámica argelina y se hablaba en portugués, ahora es un amasijo de hierros, una babel, un montón de escombros repartidos entre las filas de cemento. Como si el trote cochinero de michel salgado se hubiera levantado por encima del exotismo explosivo de ronaldo. Al mando de la faena, un tipo mustio cincelado en turín, reparte órdenes y escupitajos a partes iguales. Es capaz de mandar cuando empieza el partido al ingeniero de caminos, un inglés licenciado en Manchester, a por un bocadillo de calamares. De la misma forma que envía a su mejor soldado a hacer la mili a pamplona, enjaula en una banda al jilguero Robinho o se saca de un plumazo al estibador Julio, y lo intercambia por una réplica de la figurita sevillana de lo alto de un televisor. Queda poco para que una cuadrilla pase el tiempo perdido en la esquina de padre damián, jugándose los cuartos a los dados, porque el capataz les ha sorprendido intentando hacer un regate.
Sin embargo, el torneo es un atractivo tablero repleto de trampas en donde se gusta el intercambio de recetas de fortuna. Allá donde cae el primer oficial, surge Guti ataviado con la escuadra y el compás, dispuesto a intercambiar mérito por geometría. Ya en el centro del campo con la batalla llena de balas, Guti se despojará de la capa y sacará sus prismáticos: calculará la trayectoria del viento, ordenará milimétricamente las líneas del equipo. Con el tiempo, cuando el barro se agarre al calzón blanco, instigará al contrario a la búsqueda de la bola en su mesa de trilero. Para cuando el medio contrario levante el vaso escogido, Raúl ya cabalgará la banda con el billete entre los dedos.

Capitán Akab

lunes, enero 22

¿Que hay de nuevo viejo? o de como Saviola se hace un hueco a puñetazos

Enseñan en las escuelas de periodismo que es bueno dar tribuna libre a los que mantienen una posición diametralmente opuesta a la línea ideológica de tu medio para demostrar a tus lectores con la confrontación lo acertado de tus tesis. A mi siempre me ha parecido problemático porque corres el riesgo de que dsecubran que a veces tiene razón el otro. Así si en ABC ha escrito con libertad Santiago Carrillo no debería ver problema en que un madridista por aficción y por convicción como el señor Akab dedique un par de frases poéticas y admiradoras a uno de mis jugadores preferidos, por bueno, por guapo y por discreto (por ese orden). Pero sé que Akab me manda un regalo envenenado y que en el fondo envidia a nuestra perla y la quiere ver lejos defendiendo otros colores para poder amarle como se merece.

Me quedo con la conclusión de Pekerman ayer en El País, cuando Akab ya había firmado su texto (jijiji), yo también confío en la coherencia del equipo técnico:

"Sucede muchas veces que resulta difícil valorar lo de casa, y se busca en otros escaparates relucientes lo que se tiene en abundancia en el salón. Estoy convencido que un secretario técnico tan inteligente como Beguiristain, y un entrenador tan capaz como Rijkaard no dejarán escapar a ese pequeño gigante."

miércoles, enero 10

El espíritu de Juanito




A pocos minutos de empezar el partido, a la luz blanca de la caseta del vestuario se alumbraba un prodigioso conjuro que hacía pesar quintales a la atmósfera y sudar pánico a las paredes. Las arengas de los veteranos servían para tensar a partes iguales cuádriceps y mandíbulas. Así, los jugadores asumían el reto de torcer, en su pulso, la muñeca del destino. Ayudaba también la hinchada que, sobrecogida, no se resignaba a creer que el Real fuera aquel del vapuleo sufrido en la ciudad de Moenchengladbach, o antes en Anderlecht. En cualquier caso, en la fresca tarde del miércoles, los cinco goles encajados en la ribera del Rhin se antojaban una pendiente complicada de superar.


La hueste formada por Camacho, Juanito, Stilike o Santillana se ataviaba con la coraza del paladín: la que guarda la pelota con celo, la que distancia al contrario en la lucha y, en definitiva, la que compromete el futuro con la voluntad. Aquella milicia del balompié no se conformaba con la copa brillante, quería la gloria luminosa.
Mientras tanto, el tiempo llovía templado sobre el área grande del rival. El minuto se descomponía lánguido en sesenta segundos a la monótona marcha del reloj de arena. Vaciando trescientos mil granos de arena, lentamente, para dejar marchar, agarradas, las centésimas del encuentro.


Camacho no se resistía a cuidar el carril izquierdo: se apoderaba de él. Juanito se inventaba requiebros verbales y trazaba chicuelinas de gol. El niño Butragueño desaparecía con el balón en los pies, era invisible y se esfumaba en el aire. O Santillana, en fin, atravesada de un soberbio testarazo la puerta del triunfo a poco de silbar el término de la batalla. Cuatro a cero. De esta forma mostró el orgullo. Así se tejieron los galones del Campeón. Con estos tipos, alejados de las portadas del Sports Ilustrated, era mucho más sencillo presionar en bandada, o pisar el césped con la segura garra del rey de la selva. Una actitud valiente que se transmite al contrario y le infecta en su ánimo un lapso fatalista y vacilante.
Nadie se ha percatado que la falta de Gento, Hierro o Pirri no obedece sólo a un listado de nombres que hay que reponer, sino a un estilo que hay que recuperar. Después de unos días desde la capitulación de Riazor y a varios días de distancia de la contienda de Chamartín, no es preciso que el Madrid gane a su rival, lo importante es que lo destroce a base de buen fútbol, o lo que es lo mismo, se reconozca en el espejo de su historia.


Bastaría con que Ronaldo cambiara su cara risueña por la aterradora del Coronel Kurtz. Que Guti se apartara el pelo de la cara en señal de duelo recitando improperios chelis en alto. En suma, que Raúl se atreviera a mirar fijamente al capitán contrario en el minuto cero, y con el siete volando en el aire eléctrico de la noche, darle el amenazador mensaje que su antecesor, Juan Gómez, dio una vez al más duro de sus enemigos: “Noventa minuti in Bernabéu son molto largo”.

C.Akab





jueves, noviembre 2

El niño atómico


Sus padres se quedaron pasmados cuando el pequeño Fernando condujo el Volvo de Gijón a Oviedo con tan sólo siete años. No se sorprendieron porque el niño fuera capaz de conducir a esa edad, ya lo había hecho otras veces, se asombraron porque lo hacía dormido.

Su profesor de gimnasia en el colegio, calvo, bracicorto, un tipo gordo con la camiseta mal metida en el pantalón del chándal, aseguraba en un entrevista televisiva que descubrió una mañana concreta que Fernando llegaría muy lejos. Durante un ejercicio le colocó de portero y al primer disparo a puerta un compañero le propinó un balonazo en el centro de la cara. El profesor, alarmado, se le acercó rápido y sacó un pañuelo para taponar sus fosas nasales. Al momento, retiró la mano, se apartó un par de metros y se persignó: ¡aquel niño sangraba hielo!

Con estos superpoderes vivió Fernando en la carcasa del coche como las ostras en la concha. Sin otra escuela que un taller mecánico, el niño aprendió a descifrar con éxito los coeficientes de las adherencias, los grados de viscosidad del aceite o la resistencia relativa del aire con la misma naturalidad con la que confundía su vejiga con el depósito de gasolina. No se conformó con disputar cada una de las carreras en las que tomó parte, se propuso vencerlas, y durante años atravesó mil veces su cabeza por las coronas de laurel, devoró toda clase de premios sobre manteles de cuadros y chapoteó gozoso con la espuma de champaña. Su única misión era extraer de cada victoria, gota a gota, la leyenda dorada de los Fangio, Senna o Fittipaldi y que le fuera calando por el mono de trabajo azul.

El pasado fin de semana, después de revalidar el campeonato del mundo, Alonso se hizo acreedor de una parcela en el salón de la fama de los campeones. Tras el olor a goma quemada que deja el final de temporada, todos a su alrededor parecieron abandonarse a la emoción de los vítores, los clamores y la algarabía. Todos, salvo él mismo. Todavía protegido por el casco, tocó la visera con los nudillos para reconocer la dureza de su caparazón. Después, bajó su cabeza de hormiga, quizá para compadecer a Schumacher, y se marchó rodando sus cuatro pies de neumático en dirección al boxes. Allí, entre la luz que irradian los chispazos de soldaduras, los ingenieros, mecánicos y peritos de su equipo tuvieron que consultar el manual de instrucciones después de dos años: les era imposible separar el carburador francés del riñón asturiano.

C. Akab

Ilustración: Ilove1977