miércoles, enero 10

El espíritu de Juanito




A pocos minutos de empezar el partido, a la luz blanca de la caseta del vestuario se alumbraba un prodigioso conjuro que hacía pesar quintales a la atmósfera y sudar pánico a las paredes. Las arengas de los veteranos servían para tensar a partes iguales cuádriceps y mandíbulas. Así, los jugadores asumían el reto de torcer, en su pulso, la muñeca del destino. Ayudaba también la hinchada que, sobrecogida, no se resignaba a creer que el Real fuera aquel del vapuleo sufrido en la ciudad de Moenchengladbach, o antes en Anderlecht. En cualquier caso, en la fresca tarde del miércoles, los cinco goles encajados en la ribera del Rhin se antojaban una pendiente complicada de superar.


La hueste formada por Camacho, Juanito, Stilike o Santillana se ataviaba con la coraza del paladín: la que guarda la pelota con celo, la que distancia al contrario en la lucha y, en definitiva, la que compromete el futuro con la voluntad. Aquella milicia del balompié no se conformaba con la copa brillante, quería la gloria luminosa.
Mientras tanto, el tiempo llovía templado sobre el área grande del rival. El minuto se descomponía lánguido en sesenta segundos a la monótona marcha del reloj de arena. Vaciando trescientos mil granos de arena, lentamente, para dejar marchar, agarradas, las centésimas del encuentro.


Camacho no se resistía a cuidar el carril izquierdo: se apoderaba de él. Juanito se inventaba requiebros verbales y trazaba chicuelinas de gol. El niño Butragueño desaparecía con el balón en los pies, era invisible y se esfumaba en el aire. O Santillana, en fin, atravesada de un soberbio testarazo la puerta del triunfo a poco de silbar el término de la batalla. Cuatro a cero. De esta forma mostró el orgullo. Así se tejieron los galones del Campeón. Con estos tipos, alejados de las portadas del Sports Ilustrated, era mucho más sencillo presionar en bandada, o pisar el césped con la segura garra del rey de la selva. Una actitud valiente que se transmite al contrario y le infecta en su ánimo un lapso fatalista y vacilante.
Nadie se ha percatado que la falta de Gento, Hierro o Pirri no obedece sólo a un listado de nombres que hay que reponer, sino a un estilo que hay que recuperar. Después de unos días desde la capitulación de Riazor y a varios días de distancia de la contienda de Chamartín, no es preciso que el Madrid gane a su rival, lo importante es que lo destroce a base de buen fútbol, o lo que es lo mismo, se reconozca en el espejo de su historia.


Bastaría con que Ronaldo cambiara su cara risueña por la aterradora del Coronel Kurtz. Que Guti se apartara el pelo de la cara en señal de duelo recitando improperios chelis en alto. En suma, que Raúl se atreviera a mirar fijamente al capitán contrario en el minuto cero, y con el siete volando en el aire eléctrico de la noche, darle el amenazador mensaje que su antecesor, Juan Gómez, dio una vez al más duro de sus enemigos: “Noventa minuti in Bernabéu son molto largo”.

C.Akab