martes, octubre 24

Surrealismo ártico


Es verano, y Cicely se despierta temprano desde el embarcadero del lago mientras un sol claro baña de luz las laderas zigzagueantes del monte. Cicely es un pueblo con menos de un millar de habitantes, rodeado de una laguna y ubicado en el punto más al Oeste de la región de Fairbanks, en la parte alta del río Yukon, a tan sólo cincuenta millas del círculo polar Ártico. La Costa Azul de Alaska es una tierra rojiza, de gigantescos campos de hielo, majestuosa tundra, valles excavados por glaciares, frondosas selvas tropicales, profundos fiordos y volcanes humeantes. Es una belleza sobrecogedora. La fauna salvaje puede estar amenazada en cualquier otro lugar, pero allí es abundante. Osos pardos de cuatro metros de alto aletean con furia en los claros de los bosques mientras alces americanos detienen distraídos el tráfico en el centro de Anchorage. El lobo ronda por los cerros, águilas calvas sobrevuelan en círculos las espesuras y salmones de más de veinte kilos remontan el río a base de brillantes costalazos. Es la última frontera, un reflejo del oeste americano del siglo XIX, un espacio interminable sin explotar en el que nativos y extraños practican el derecho a la vida en paz y sin intromisiones.



De repente, el Doctor Fleishman (Rob Morrow) aterriza en una inestable avioneta procedente de Nueva York para devolver el crédito universitario que le permitió licenciarse en la universidad de medicina. No es de Brooklin como Woody Allen, pero tiene apartamento en Queens, un barrio vecino. También es judío, y se presenta con un juego de palos de golf bajo el brazo y una cara de escéptico de campeonato. Por lo pronto, Joel Fleishman es un urbanita del Este al que la vida en el campo le gusta tanto como clavarse alfileres en las piernas. Es un neoyorquino racionalista, todo cuanto ve a su alrededor: rústico, árboles, personajes, animales, le hace sentirse como un hombre atrapado en otro tiempo, engañado, porque su buena fe le impidió prestar la atención necesaria a la letra pequeña del contrato. De inmediato se quiere fugar, como es natural, pero la amenaza de una fuerte multa se lo impide. Eso, y el pueblo, claro, que con su galería de personajes peculiares lo van trincando poco a poco. Porque Cicely es multicultural, cívico y agradable. De tan bueno, es imaginario, y de la imaginación, una vez que la descubres, es difícil salir voluntariamente.


Sobre los personajes lo mejor es irlos descubriendo uno mismo, pero puedo garantizar que están de puta madre. Maurice Minnifield (Barry Corbin) un ex astronauta, cacique del pueblo, una calcamonía de John Wayne. Holly Vincoeur (John Cullum) trampero, regenta el bar del pueblo, tiene el gen de la longevidad. Cris Stevens, (John Corbett), el locutor de radio, un ex convicto de West Virginia capaz de recitar los versos más tristes de Walt Wiltman o enunciar la compleja dicotomía de Carl Jung. Cris es otra buena razón para ver la serie si te gustan los actores guapos con moto cuyos personajes son listos. Cuidado con la mujer que discute con Fleishman en casi todos los capítulos porque es Maggie O’Connell (Janine Turner), uno de los ejes de la trama y una nena irresistible. Es la antagonista del doctor, atractiva, inteligente, feminista y piloto de profesión. Lo único malo es que todos los hombres que han mantenido una relación íntima con ella han muerto en extrañas circunstancias, (pero de verdad que no extraña que lo sigan intentando). Y no desvelo mucho más porque la realidad de Cicely hay que vivirla. Lo mejor es quedar con Ed Chigliak (Darren E. Burrows), un indio nativo con vocación de cineasta y que te lleve al Bricks. Allí, pídele a Shelly (Chyntia Geary) una hamburguesa de alce, una cerveza fría, y siéntate a esperar al coro.




La serie, a parte de los toques costumbristas, se podría calificar de comedia romántica. Bien introducida la trama, la historia tiene varios niveles de lectura que invitan al espectador a interactuar con la pantalla dando su parecer como un habitante más. Las dudas que plantean a lo largo del argumento sirven como abono al desarrollo de la transformación mental de los protagonistas, e incluso de los espectadores, que no pueden convertirse en otra cosa que no sea en mejor personas. Es una serie carente de violencia, en la que cualquier conflicto comienza con dos posturas opuestas sobre un determinado tema cuya respuesta no es una, son cientos, y por tanto todas tienen acogida.



Nothern Exposure aparece en la CBS en el verano de 1990, tras el éxito de Twin Peaks. Sus creadores, Joshua Brand y John Falsey, construyeron la serie para emitirse en ocho capítulos durante los meses de verano, pero tras el inesperado resultado de audiencia, la CBS los renovó durante seis temporadas más. El hecho de que fuera una serie de televisión divertida e interesante la condenaba de antemano a fracasar en España. Casi lo consiguen los programadores de Televisión Española destrozando su emisión (1992-1997) en madrugadas alternas, repitiendo capítulos y alterándolos el orden, en horarios intempestivos, etcétera. Afortunadamente ahora tenemos internet, donde se pueden encontrar sin dificultad todas las peripecias del doctor Fleishman y muchas páginas para cicelyanos. Recientemente, se ha editado la segunda temporada en deuvedé.
Doctor en Alaska es una bonita historia en la que todos hacemos nuestra la frase de Bertrand Rusell: “No creo que ahora esté soñando, pero no puedo demostrar que no lo estoy.”

Guillermo T. Coyote.